Nos encontramos ante un manifiesto
donde se debaten muchas de las medidas incluidas en el proyecto educativo del
ministerio: la LOMCE. Esta reforma del sistema de enseñanza impulsada por José
Ignacio Wert, ministro de Educación, se ha encontrado con varias voces
discrepantes a parte de la que hoy nos toca analizar. Algunos ejemplos son los
consejos escolares del País Vasco y Andalucía, que ya han elaborado dictámenes
contrarios a este proyecto. Por su parte, Mar Moreno, consejera de Educación
andaluza, ha mostrado su oposición a las reválidas y a los rígidos itinerarios
propuestos por el ministerio.
Centrándonos ahora en lo que nos
concierne, el Foro Sevilla, y el manifiesto que han elaborado, se convierten en
otro foco de oposición. Nacido en octubre del año pasado en la Universidad
Pablo de Olavide de la capital andaluza, y formado por más de 40 profesionales
de todo el país, han realizado una fuerte crítica a muchas de las medidas del
proyecto ministerial. Su propuesta inicial es la de impulsar “el debate, la discusión y el acuerdo”
(p. 16).
Dicho Foro, impulsado por Carmen
Rodríguez Martínez (profesora de Didáctica de la Universidad de Málaga) y José
Gimeno Sacristán (catedrático de Didáctica de la Universidad de Valencia),
rechaza el “sesgo economicista” de la
ley (p.8) ya que “sin dejar de ser
conscientes en el desarrollo económico del país, conviene adoptar una filosofía
que estimule la voluntad de querer educarse durante toda la vida” (p.20).
También se critican las formas de hacer las cosas, la manera en que se ha
puesto en marcha la reforma: “Necesitamos
un auténtico debate nacional que permita la reconstrucción, en su caso la
refundación del sistema educativo, sobre la base de un amplio acuerdo social y
no, tras la negativa a un pacto de Estado, una ley revanchista e ideológica,
sin diálogo con la oposición ni con el mundo de la educación, apenas maquillada
con un nada fiable foro en la Red” (p.17).
Los miembros del Foro también se
oponen al sistema de reválidas propuesto:
“Una evaluación excluyente, sancionadora y de control —como plantea el
anteproyecto— basada en pruebas frecuentes y estandarizadas, es contraria a su
sentido educativo y a la diversidad humana, generando abandono y exclusión”
(p.10). Otro aspecto que me llama la atención es el concerniente a los
itinerarios, ya que se adelanta la edad de creación de los mismos. Con ello se
pretende “segregar a los alumnos desde el
tercer curso de la ESO (14 años), reduciendo el tronco común y convirtiendo la
primera orientación hacia la formación profesional en una vía muerta,
repitiendo así el error de la LOGSE” (p.43). Se critica este adelanto dado
que hay pruebas en otros países que muestran unas mejores calificaciones si las
segregaciones son más tardías (alrededor de los 16 años).
De igual modo me dejan atónito
numerosos temas: la segregación por sexos (medida retrógrada y de índole
ultraconservadora, nada concorde con los tiempos en los que vivimos); la
pérdida de poder de los consejos escolares debido a un mayor control del
Ministerio; y, cómo no, que la materia de religión se vuelva a convertir en asignatura
evaluable, volviendo a otorgar un papel influyente a la Iglesia en el contexto
educativo.
Por último, querría resaltar el
punto 6.3. del manifiesto, el referente a la repetición de curso. España ocupa
el primer puesto europeo de esta lista, algo de lo que no debemos presumir,
pero no por ello creo que deberían tomarse medidas como la propuesta por el
Ministerio: “separar al alumnado con
pobres resultados en centros diferentes o en distintas aulas en un mismo
centro”. Ya que ello no evita los problemas, “sino que se transfieren a otro lugar haciendo que repitan curso”
(p.37).

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