jueves, 10 de octubre de 2013

"La Revolución Traicionada", León Trotsky



       

          He decidido hacer una valoración personal del libro que acabo de terminar de leer, "La Revolución Traicionada", de León Trotsky. Me dispongo a contar que opino acerca de lo que Trotsky me ha transmitido en su obra, y mi parecer acerca de la Unión Soviética y su evolución en esta centuria. 


          Para empezar, me gustaría resaltar la enorme capacidad de análisis de León Trotsky y su prodigiosa visión de futuro. Me refiero en este sentido a cómo tanto el autor como Lenin, tras la instauración en 1936 del estalinismo como nuevo fenómeno, expresaron su preocupación ante la llegada al poder de la burocracia soviética y por consiguiente, la destrucción del régimen de Octubre. La restauración capitalista, consecuente del alejamiento de las cúpulas de poder del Estado obrero ruso, que tanto temía Lenin acabó produciéndose, aunque fuese setenta años después. Tras la llegada al poder de Stalin, únicamente perduraron  la economía planificada y la propiedad nacionalizada en un nuevo régimen totalitario que acabó expulsando a los obreros soviéticos de los altos mandos. Trotsky, sin abandonar su visión marxista, con “La revolución traicionada”  nos va a servir de gran ayuda a la hora de comprender el régimen estalinista. Su análisis, pese a su visión partidista (como no podía ser de otra manera) no ha sido mejorado siete décadas después, y al igual que a Lenin, el tiempo le dio la razón (aunque no pudo jactarse de su éxito). A día de hoy, siguen siendo muchos los que achacan el derrumbamiento de la URSS a la puesta en práctica de una economía nacionalizada, dejando en un segundo plano al régimen burocrático. Trotsky ha defendido, y en mi opinión no sin razón, que la economía planificada y nacionalizada llevada a cabo en la Unión Soviética era inviable sin unos derechos democráticos. En la obra, apoyándose en numerosas estadísticas y cifras nos ha permitido conocer el tremendo desarrollo productivo que sufrió la URSS de manos de esta economía característica (nacionalizada y planificada) durante el mandato de Stalin; y cómo debido a las contradicciones nacidas en el seno del Gobierno, es decir, a los despilfarros burocráticos, ha sido incapaz de sacarle el máximo provecho. Esta situación ha ido en aumento hasta que no ha podido soportarlo más y ha acabado sucumbiendo, llevándose consigo todas las esperanzas puestas en esta primera Revolución Proletaria. Cierto es, como defiende Lenin, que “a través de una administración y control democrático de la clase obrera” se pudo haber evitado el desmoronamiento, pero no debemos dejar de lado las ambiciones de poder de la casta dominante, que no tenía ninguna intención de ceder sus privilegios a favor de un fortalecimiento de la clase obrera.


            Centrándonos ahora en las consecuencias del colapso de la Unión Soviética, éstas, para Rusia, fueron tremendas. Se produjo una gran desorientación en la conciencia de las masas tras el fin de décadas de mentiras gubernamentales destinadas a proliferar la idea de que la URSS era el mayor grado de madurez del socialismo y el comunismo. Pero lo cierto, como hemos podido comprobar, es que la burocracia dio pie a un régimen totalitario que poco tiene que envidiar a sus enemigos acérrimos, los fascistas. Siguiendo esta línea, creo necesario insistir, al igual que lo hizo Trotsky, en que el socialismo no fracasó en Rusia. Esto es así porque el régimen instaurado en la Unión Soviética tras el triunfo de Stalin no tenía nada que ver con el Estado obrero que preconizaban Lenin y Marx. Asimilando esta idea podremos llegar a comprender cómo el país baluarte del régimen socialista (entendiendo como tal aquel impuesto tras la Revolución de Octubre) acabó adoptando el capitalismo de manera tan clara y rápida. Los principales líderes del “Partido Comunista” de la época del desmoronamiento fueron los primeros en abandonar la nave que ellos mismos habían venido contaminando durante décadas. Estos falsos comunistas aprendieron rápido la doctrina capitalista, enriqueciéndose enormemente sin tener por ello ningún tipo de remordimiento moral.


            Si comparamos por un lado lo que ha venido ocurriendo en la URSS tras su colapso en la década de los noventa; y por otro los momentos que siguen al triunfo proletario de 1917, vemos un claro denominador común: la miseria de las masas y el enriquecimiento de una minoría. Aunque no de manera tan acusada como a inicios de centuria, en los últimos años hemos podido comprobar cómo los poderosos mafiosos rusos (bajo la forma de burócratas durante el régimen estalinista), han preferido no desarrollar el tremendo potencial productivo del país para así enriquecerse ellos. Este enriquecimiento personal en detrimento colectivo es herencia de lo que venían haciendo los burócratas estalinistas y, en términos de la Edad Moderna, sus redes clientelares (ya que en la URSS se daba una especie de nepotismo donde los cargos administrativos eran desempeñados por un reducido número de familias).  A diferencia de las posibilidades actuales, en los años treinta no había suficiente producción para abastecer a la totalidad de la población, aunque ello no les excusa de una mala gestión donde se permitía el enriquecimiento de unos pocos en tales situaciones de déficit productivo. En la actualidad, la situación es aún menos esperanzadora, el colapso económico ruso, favorecido por un clima mundial desfavorable, es tal que la única vía de escape del país pasa, tal y como predijo Trotsky hace décadas, por la readopción de la economía nacionalizada y planificada. Se me puede objetar, y con toda la razón del mundo, que ese último paso que vaticinó Trotsky (la vuelta a los principios que rigieron en Octubre de 1917)  no deja de ser una elucubración. Eso es cierto, pero no tenemos más que mirar un poco los acontecimientos que han venido teniendo lugar en el país durante los últimos veinte años. Ha quedado de manifiesto que el modelo capitalista no es compatible en Rusia, y eso es irrebatible. La vieja burocracia, que se creía extinguida en esta nueva etapa de mercado, sigue en lo más alto de la pirámide administrativa, y es mayor en número y más corrupta que la anterior si cabe. 


            Si me preguntasen mi opinión acerca del devenir ruso, sería la misma que la de Trotsky. Realmente si considero la vuelta al Estado proletario como el único camino para que el país abandone su mala coyuntura. ¿Por qué? Es fácil, no podemos dejar partir a Rusia desde el mismo punto que el resto de países por una razón muy clara: aquí triunfó realmente el régimen socialista (me refiero como no, al instaurado por Lenin tras la Revolución). Aquel triunfo, en mayor o menor medida, está presente en la población, al igual que sus innegables progresos. Las sociedades capitalistas, por su parte, tienen muy arraigado su régimen de mercado y, aunque no estén totalmente conformes con ello, no se paran ni siquiera a pensar en una alternativa socialista. Se podría explicar grosso modo mediante la siguiente afirmación: éste es el régimen en el que vivimos, no es posible ningún otro, y de serlo, tampoco cambiaría la situación. Personalmente no considero la mejor opción dejar que la “mano invisible”, descrita por Adam Smith en “La riqueza de las naciones” (1776),  decida el porvenir del bienestar nacional. Es más, pienso que la sociedad, entre los que me incluyo, jamás debería conformarse con situaciones con las que realmente no está de acuerdo, sino que debería luchar continuamente por intentar mejor su condición. Voy a concluir el trabajo con una frase de Bakunin que viene como anillo al dedo para explicar este anticonformismo que debería gobernar, en mi opinión, la conciencia de cada uno; anticonformismo que considero motor de los cambios sociales: "Al buscar lo imposible el hombre siempre ha realizado y reconocido lo posible. Y aquellos que sabiamente se han limitado a lo que creían posible, jamás han dado un solo paso adelante”.

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