He decidido hacer una valoración personal del libro que acabo de terminar de leer, "La Revolución Traicionada", de León Trotsky. Me dispongo a contar que opino acerca de lo
que Trotsky me ha transmitido en su obra, y mi parecer acerca de la Unión
Soviética y su evolución en esta centuria.
Para empezar, me gustaría resaltar
la enorme capacidad de análisis de León Trotsky y su prodigiosa visión de
futuro. Me refiero en este sentido a cómo tanto el autor como Lenin, tras la
instauración en 1936 del estalinismo como nuevo fenómeno, expresaron su
preocupación ante la llegada al poder de la burocracia soviética y por
consiguiente, la destrucción del régimen de Octubre. La restauración capitalista, consecuente del alejamiento de las
cúpulas de poder del Estado obrero ruso, que tanto temía Lenin acabó
produciéndose, aunque fuese setenta años después. Tras la llegada al poder de
Stalin, únicamente perduraron la
economía planificada y la propiedad nacionalizada en un nuevo régimen
totalitario que acabó expulsando a los obreros soviéticos de los altos mandos.
Trotsky, sin abandonar su visión marxista, con “La revolución traicionada” nos va a servir de gran ayuda a la hora de
comprender el régimen estalinista. Su análisis, pese a su visión partidista
(como no podía ser de otra manera) no ha sido mejorado siete décadas después, y
al igual que a Lenin, el tiempo le dio la razón (aunque no pudo jactarse de su
éxito). A día de hoy, siguen siendo muchos los que achacan el derrumbamiento de
la URSS a la puesta en práctica de una economía nacionalizada, dejando en un
segundo plano al régimen burocrático. Trotsky ha defendido, y en mi opinión no
sin razón, que la economía planificada y nacionalizada llevada a cabo en la
Unión Soviética era inviable sin unos derechos democráticos. En la obra,
apoyándose en numerosas estadísticas y cifras nos ha permitido conocer el
tremendo desarrollo productivo que sufrió la URSS de manos de esta economía
característica (nacionalizada y planificada) durante el mandato de Stalin; y
cómo debido a las contradicciones nacidas en el seno del Gobierno, es decir, a
los despilfarros burocráticos, ha sido incapaz de sacarle el máximo provecho.
Esta situación ha ido en aumento hasta que no ha podido soportarlo más y ha
acabado sucumbiendo, llevándose consigo todas las esperanzas puestas en esta
primera Revolución Proletaria. Cierto es, como defiende Lenin, que “a través de una administración y control
democrático de la clase obrera” se pudo haber evitado el desmoronamiento,
pero no debemos dejar de lado las ambiciones de poder de la casta dominante,
que no tenía ninguna intención de ceder sus privilegios a favor de un
fortalecimiento de la clase obrera.
Centrándonos ahora en las consecuencias del colapso de la
Unión Soviética, éstas, para Rusia, fueron tremendas. Se produjo una gran
desorientación en la conciencia de las masas tras el fin de décadas de mentiras
gubernamentales destinadas a proliferar la idea de que la URSS era el mayor
grado de madurez del socialismo y el comunismo. Pero lo cierto, como hemos
podido comprobar, es que la burocracia dio pie a un régimen totalitario que
poco tiene que envidiar a sus enemigos acérrimos, los fascistas. Siguiendo esta
línea, creo necesario insistir, al igual que lo hizo Trotsky, en que el
socialismo no fracasó en Rusia. Esto es así porque el régimen instaurado en la
Unión Soviética tras el triunfo de Stalin no tenía nada que ver con el Estado
obrero que preconizaban Lenin y Marx. Asimilando esta idea podremos llegar a
comprender cómo el país baluarte del régimen socialista (entendiendo como tal
aquel impuesto tras la Revolución de Octubre) acabó adoptando el capitalismo de
manera tan clara y rápida. Los principales líderes del “Partido Comunista” de
la época del desmoronamiento fueron los primeros en abandonar la nave que ellos
mismos habían venido contaminando durante décadas. Estos falsos comunistas
aprendieron rápido la doctrina capitalista, enriqueciéndose enormemente sin
tener por ello ningún tipo de remordimiento moral.
Si comparamos por un lado lo que ha venido ocurriendo en
la URSS tras su colapso en la década de los noventa; y por otro los momentos
que siguen al triunfo proletario de 1917, vemos un claro denominador común: la
miseria de las masas y el enriquecimiento de una minoría. Aunque no de manera
tan acusada como a inicios de centuria, en los últimos años hemos podido
comprobar cómo los poderosos mafiosos rusos (bajo la forma de burócratas durante
el régimen estalinista), han preferido no desarrollar el tremendo potencial
productivo del país para así enriquecerse ellos. Este enriquecimiento personal
en detrimento colectivo es herencia de lo que venían haciendo los burócratas
estalinistas y, en términos de la Edad Moderna, sus redes clientelares (ya que
en la URSS se daba una especie de nepotismo donde los cargos administrativos
eran desempeñados por un reducido número de familias). A diferencia de las posibilidades actuales,
en los años treinta no había suficiente producción para abastecer a la
totalidad de la población, aunque ello no les excusa de una mala gestión donde
se permitía el enriquecimiento de unos pocos en tales situaciones de déficit
productivo. En la actualidad, la situación es aún menos esperanzadora, el
colapso económico ruso, favorecido por un clima mundial desfavorable, es tal
que la única vía de escape del país pasa, tal y como predijo Trotsky hace
décadas, por la readopción de la economía nacionalizada y planificada. Se me
puede objetar, y con toda la razón del mundo, que ese último paso que vaticinó
Trotsky (la vuelta a los principios que rigieron en Octubre de 1917) no deja de ser una elucubración. Eso es
cierto, pero no tenemos más que mirar un poco los acontecimientos que han
venido teniendo lugar en el país durante los últimos veinte años. Ha quedado de
manifiesto que el modelo capitalista no es compatible en Rusia, y eso es
irrebatible. La vieja burocracia, que se creía extinguida en esta nueva etapa
de mercado, sigue en lo más alto de la pirámide administrativa, y es mayor en
número y más corrupta que la anterior si cabe.
Si me preguntasen mi opinión acerca del devenir ruso,
sería la misma que la de Trotsky. Realmente si considero la vuelta al Estado
proletario como el único camino para que el país abandone su mala coyuntura.
¿Por qué? Es fácil, no podemos dejar partir a Rusia desde el mismo punto que el
resto de países por una razón muy clara: aquí triunfó realmente el régimen
socialista (me refiero como no, al instaurado por Lenin tras la Revolución).
Aquel triunfo, en mayor o menor medida, está presente en la población, al igual
que sus innegables progresos. Las sociedades capitalistas, por su parte, tienen
muy arraigado su régimen de mercado y, aunque no estén totalmente conformes con
ello, no se paran ni siquiera a pensar en una alternativa socialista. Se podría
explicar grosso modo mediante la siguiente afirmación: éste es el régimen en el
que vivimos, no es posible ningún otro, y de serlo, tampoco cambiaría la
situación. Personalmente no considero la mejor opción dejar que la “mano invisible”, descrita por Adam
Smith en “La riqueza de las naciones”
(1776), decida el porvenir del bienestar
nacional. Es más, pienso que la sociedad, entre los que me incluyo, jamás
debería conformarse con situaciones con las que realmente no está de acuerdo,
sino que debería luchar continuamente por intentar mejor su condición. Voy a
concluir el trabajo con una frase de Bakunin que viene como anillo al dedo para
explicar este anticonformismo que debería gobernar, en mi opinión, la
conciencia de cada uno; anticonformismo que considero motor de los cambios
sociales: "Al buscar lo imposible el
hombre siempre ha realizado y reconocido lo posible. Y aquellos que sabiamente
se han limitado a lo que creían posible, jamás han dado un solo paso adelante”.

No hay comentarios:
Publicar un comentario